A favor de los cigarrillos electrónicos (II)

Comentaba en el artículo anterior que la gente está oyendo muchas barbaridades respecto de estos dispositivos y quería aportar mi grano de arena al respecto, después de 2 años y medio de experiencia con Lucía.

En la anterior entrada comenté los principales problemas de salubridad que le achacan al cigarrillo. Quedaría por contestar si sirven para dejar de fumar y si producen adicción. Vamos a ello.

¿Sirve el cigarrillo electrónico para dejar de fumar?

No hay estudios científicos aún que demuestren o desmientan si sirven realmente o no para dejar de fumar. Todo lo que tenemos hasta ahora son elucubraciones y opiniones en uno u otro sentido.

Sí que sabemos que la nicotina vaporizada pasa al cerebro en unos 30 segundos (con el cigarrillo normal son unos 3-5 segundos creo recordar). Desde hace mucho tiempo las farmacias venden tratamientos o parches para dejar de fumar basándose en el aporte de nicotina. Siendo el e-cig un dispositivo de aporte de nicotina, es justo decir que como mínimo debería servir igual que esas otras soluciones que sí están probadas.

Otro apunte objetivo es que el e-cig también cubre la parte social de la adicción. Se sabe que gran parte de la adicción tabaquil es psicológica-social. Nuestros amigos que fuman con una cerveza sin quererlo nos presiona muchísimo para hacerles compañía. Tanto ellos como la cerveza son dos cosas que el cerebro relaciona con el hábito de fumar; y la sensación de necesitar un cigarro se dispara por las nubes. Aquí es donde entra el cigarrillo electrónico: puedes sacarlo en esas situaciones y realiza el mismo papel que el analógico. El cerebro realiza un reemplazo de hábito, cosa que es mucho más sencilla para éste que dejar de golpe un hábito adquirido.

Por desgracia, la adicción al tabaco no son tan solo estos dos factores. Al parecer el tabaco lleva muchos otros componentes adictivos (sin contar los añadidos que le ponen) que se llaman “alcaloides del tabaco”. La nicotina es el más famoso de ellos. Estos alcaloides para cierta gente pueden ser verdaderamente adictivos, y son la principal diferencia de “placer” que nota un fumador entre un cigarrillo normal y uno electrónico.

Mucha gente ha dejado de fumar con el cigarrillo electrónico. Por supuesto, no es automático, ni funciona por arte de magia. Como todo, hay que tener una dedicación y un interés, si bien la gente suele notar mucha más facilidad para fumar menos mientras vapea.

En el caso de Lucía, al vapear, sin esforzarse, pasó de los 14 cigarrillos por día a unos 8 al día, desde casi el primer momento. Luego cada 4-6 meses aproximadamente se redujo a la mitad, de forma consecutiva. Al año ya casi eran los dos cigarrillos de rigor, al despertarse y al ir a dormir. A día de hoy tan sólo son 2 cigarrillos ¡al mes!, lo cual casi es como haber dejado de fumar.

Una de las grandes ventajas que le veo al e-cig es que es un buen arma contra las recaídas. Llevaba unos 3 meses sin fumar, y al irnos de vacaciones a A Coruña (por cierto, preciosa ciudad) empezó un día con uno prestado y luego otro y en una semana por aquello de que como “son vacaciones”, igual cayeron 8-9 cigarrillos en una semana; por darse el capricho. Esto, sin el e-cig hubiera sido una recaída. En cambio, al volver al e-cig, bajó el ritmo en cuestión de semanas y no ha habido ninguna recaída.

El problema es que los dispositivos que se venden por ahí suelen carecer de suficiente potencia, y un fumador que estuviese acostumbrado a fumar bastante no obtiene la cantidad de nicotina suficiente con un e-cig normal. Ya lo comentaré más adelante, pero se necesitan al menos dispostivos de 15 watios para asegurarse de que dada la necesidad, el e-cig puede evaporar la nicotina necesaria.

Más adelante comentaré sobre la (no) adicción al cigarrillo electrónico.

 

 

A favor de los cigarrillos electrónicos (I)

Llevamos Lucía y yo dos años y medio con el cigarrillo electrónico. Empezamos un agosto de 2013. Mucho ha llovido desde entonces. Al poco de empezar hubo un boom de tiendas y de cosas que, como era de prever, colapsó al poco (no había margen de beneficio sufiente ni clientes suficientes para mantener tanta tienda). Los medios se han metido mucho con los e-cigs, y al final la gente se ha quedado con la copla de que “no sirven” y de que “son igual de malos o más que el tabaco normal”. Y lo resumen en plan “total, para eso, fumo del normal”. Efectivamente: eso es lo que las tabacaleras quieren que penséis.

Total que ahora parece que, aunque quieras probarlo, la oferta de cigarrillos electrónicos es nula; lo mismo que en 2013. Y aparte un montón de gente diciendo gilipolleces varias. Creo que es momento de publicitar las ventajas que tienen y desmentir tanta barbaridad que se dice.

Principalmente hay dos grandes dudas que la gente tiene al respecto de estos aparatos: si son saludables, y si sirven para dejar de fumar. También hay quien se pregunta si no es dejar un vicio para coger otro. Empecemos a contestar a estas preguntas:

¿Es malo fumar un cigarrillo electrónico?

Primero de todo: ¿Comparado con qué? ¿con fumar un cigarrillo normal (analógico)? ¿con respirar el aire contaminado de Madrid?

Los estudios que dicen que han encontrado que el cigarrillo electrónico puede ser insalubre tienen principalmente dos pegas: la primera, que lo comparan con respirar aire puro. Obviamente cualquier vapor, humo, etc, es susceptible de ser peor que el aire puro.El aire de tu ciudad (la que sea) es seguro muy cancerígeno si lo comparamos con el aire puro. La segunda pega, es que se cogen a casos de malos usos para producir sustancias nocivas: ellos mismos reconocen que en el régimen de trabajo normal no detectan ninguna partícula apenas que sea problemática.

Más adelante comentaré cómo funciona un e-cig y de dónde viene ese humo, que en realidad es vapor. Pero de momento, por simplificar, estos dispositivos tienen dentro algodón u otro tipo de material que se moja en un líquido. El líquido se tiene que evaporar al calentarse. Si se supera cierta temperatura (unos 330ºC) o si carece de líquido, el algodón puede empezar a quemarse. Y como todo lo que se quema, suelta partículas nocivas. (Otros ejemplos son el pan tostado, el café torrefacto, la carne muy hecha, el humo de un fuego de leña, etc)

Nunca he visto un vapeador tragarse vapor “quemado”. Sabe amargo, se detecta enseguida y es bastante asqueroso comparado con el sabor dulzón y agradable que suele tener. Por ese motivo, la cantidad de partículas nocivas que realmente pueda aspirar un vapeador durante su rutina diaria es casi nula.

Hay también quien le preocupa la composición del líquido. Cabe decir que en Europa pasa por unos controles muy similares a los de seguridad alimentaria. Las descripciones y la composición interna a menudo recuerdan más a la precisión de un medicamento que a las etiquetas que encontramos en el supermercado. La nicotina que se usa es generalmente de calidad farmacéutica. De todo el líquido lo que más problema le puede dar a un entendido en química son los colorantes y los aromatizantes; son los mismos (o muy similares) que los usados en los alimentos.

También hay estudios o gente que está alarmada sobre la posibilidad de sobredosis de nicotina. Como en cualquier cosa donde podemos consumir, podemos terminar en sobredosis (bebidas energéticas, paracetamol, ¿sigo?). Pero al final el mono se sacia y consumes la dosis que tu cuerpo está pidiendo.

Por otra parte, la sobredosis de nicotina (farmacéutica) se sabe que está muy muy subestimada. La mayoría de los estudios que analizan los problemas de salud de la nicotina en realidad están hablando del tabaco. Y es que el tabaco es malísimo, lo sabemos todos. Pero la nicotina pura es de mala como la cafeína pura (y va en serio). En el peor de los casos, usando de los líquidos más fuertes disponibles (24mg/ml) y usando de los dispositivos más potentes (20-40W), y vapeando todo el día al final consumes máximo 3ml. Eso son 72mg de nicotina al día, contando que no sueltes ni el humo y absorbas el 100% de la nicotina evaporada. La dosis letal se estima que está por encima de los 500mg, que está 7 veces por encima del peor de los casos posible para un vapeador.

Como conclusión, yo os diría que por lo general es bastante seguro el e-cig. Por supuesto, siempre será peor que respirar aire limpio -eso es inevitable- pero es muy seguro sobretodo comparado con el tabaco.

Continuará…

 

Docker y los contenedores

A estas alturas a muchos os sonará ya el nombre de Docker. Está dando mucho que hablar y con razón. Pero, ¿qué es Docker y para qué sirve? ¿Porqué tiene tanto éxito y está dando tanto que hablar? Os lo respondo en un momento.

Docker es una solución de “contenerización” de aplicaciones (containerization), existen muchas otras. Docker está consiguiendo posicionarse como la solución principal gracias al marketing que le están haciendo y la forma de trabajo que promueve.

La contenerización es algo a medio camino entre una máquina virtual (VirtualBox / VMWare) y ejecutar los procesos directamente en la misma máquina. En el caso de Docker, utiliza Linux (el kernel) para poder crear los contenedores. Un contenedor es muy similar a un chroot, pero con mejoras de seguridad y límites configurables.

Contenedores existen básicamente de dos tipos, de aplicaciones y de sistemas operativos. Normalmente estamos acostumbrados a trabajar con sistemas operativos, y dado que Docker trabaja con la visión de contenerizar aplicaciones, la dinámica cambia mucho y suele costar bastante de entender. Una máquina virtual contiene un sistema operativo completo, al encender esta máquina, se enciende todo el sistema. En el caso de Docker, lo que tenemos en el contenedor es una aplicación única, por lo que al encender un contenedor, se enciende la aplicación. Nada más.

Lo que pretende Docker es que las aplicaciones estén separadas entre sí por una capa de seguridad. Es otra solución al mismo problema que intenta solucionar AppArmor y SeLinux. Las aplicaciones de un ordenador llevan una serie de permisos delegados, los cuales son suficientes para la ejecución de la misma; pero si ésta aplicación resulta ser maligna, se infecta por un virus o un hacker la manipula, puede hacer mucho daño. Aún sin permisos de root, teniendo una buena política de seguridad, una aplicación maliciosa puede realizar mucho, mucho daño. Por ejemplo algo ejecutado por un usuario “user” podría modificar el sistema que este usuario “user” ve, provocando un robo de credenciales por ejemplo. AppArmor y SeLinux atacan este problema definiendo un esquema muy estricto de qué puede hacer cada aplicación, registrando cada acción y impidiendo las que se salen del esquema. Esto es útil sobretodo para las aplicaciones instaladas por un sistema de paquetes, ya que pueden contar con un perfil AppArmor o SeLinux a veces.

En el caso de una aplicación descargada por internet, ésto no sería aplicable, o la aplicación podría no funcionar.

Con Docker, presentaríamos a la aplicación un entorno con un sistema operativo ficticio, unas interfaces de red ficticias y un disco duro también ficticio. Usando las herramientas que provee Linux para contenedores, Docker se encarga de que la aplicación vea un entorno coherente, que pueda acceder a la red, que pueda escribir en disco, etc. Pero todo en sitios controlados. Es lo que se conoce también como “sandboxing”.

En Ubuntu recientemente se agregó el sistema “Snappy” que es un sistema de aplicaciones que utiliza esta misma estrategia, aunque la implementa otra vez (no utiliza Docker). Con este sistema, los usuarios que instalan las aplicaciones están más seguros, pues las aplicaciones no pueden salirse de su sandbox.

Las ventajas contra las máquinas virtuales son:

  • No reservan memoria. Usan exactamente la que necesitan. Comparten la caché del anfitrión.
  • Los contenedores de aplicaciones ocupan muy poco. No requieren del S.O. completo y usan guardado diferencial (UnionFS/btrfs/…), por lo que guardar muchas variantes del mismo sistema apenas usa espacio.
  • Ejecutan directamente contra la CPU. No tienen una capa de traducción de instrucciones como pasa en las máquinas virtuales, que se ejecutan un 50% más lentas.
  • El tiempo de arranque es el mismo que arrancar la aplicación localmente, ya que el S.O. del contenedor no se inicia con él.

Hay otras utilidades de los contenedores aparte del sandboxing:

  • Se pueden ejecutar en distintas máquinas sin reconfigurar nada. Los contenedores son independientes del anfitrión.
  • Se puede ejecutar paralelamente el mismo contenedor, de forma que si con uno tenías un Apache, con diez tienes diez Apache idénticos funcionando.
  • Se puede desplegar un conjunto de contenedores coordinado. Por ejemplo puedes montar un servidor LAMP con tres contenedores unidos por la misma subred (NGINX + PHP/FCGI + MySQL)
  • Se puede actualizar un contenedor simplemente reemplazándolo por otro que lleve software más nuevo.
  • Facilita el hacer funcionar software antiguo en sistemas operativos modernos.

De cualquier modo, Docker no es la gallina de los huevos de oro. Está muy bien, hay mucha gente desarrollando con Docker, pero no está exento de complicaciones que aún no están resueltas de forma sencilla. Para empezar, meter una aplicación X dentro de un contenedor no es sencillo. Modificar la red de los contenedores también es problemático. Pero quizá los dos problemas más frecuentes y complejos son la persistencia de datos y la actualización de contenedores.

Los contenedores en Docker son efímeros: Lo normal es cuando se cierra la aplicación, borramos todo el contenedor y al arrancarla, lo creamos todo de nuevo. Si queremos entrar a un contenedor a cambiar una configuración posiblemente el cambio se perderá de un día para otro. Nada que no tenga solución, pero cuesta bastante trabajo adaptarse a la mecánica.

Creo que los contenedores son el futuro en muchos sentidos. Se tardará aún un tiempo, pero terminaremos teniéndolos hasta en la sopa. Igual que ahora, que en todas las casas debe haber como cuatro o cinco Linux contando routers, televisiones, smartphones, etc; los contenedores posiblemente también aparezcan en nuestro día a día sin que nos demos cuenta de que los tenemos allí.